viernes, 24 de diciembre de 2010

Vendedores de hielo y de humo

En 1913, cuando aparecieron los primeros aparatos frigoríficos, la reacción de los múltiples fabricantes de hielo que había por aquel entonces consistió en bajar drásticamente el precio de los bloques de agua congelada que vendían desde muchos años atrás. Pero, a pesar del drástico abaratamiento de sus productos, estos mayoristas desaparecieron en un brevísimo espacio de tiempo: su error fue no darse cuenta de que lo que había surgido era un nuevo concepto cultural (la posibilidad de refrigerar y congelar alimentos) contra el que no se podía luchar con unas simples ofertas. La llave de su supervivencia se encontraba en pensar de un modo diferente bajo las claves de las demandas distintas que llegaban asociadas a la innovadora invención y, desde luego, no en aferrarse a prácticas caducas que habían sido drásticamente superadas por lo que hoy se conoce como una “killer aplication” (“aplicación asesina”), una nueva tecnología radicalmente determinante.
Los creadores que hoy protestan por lo que ellos definen como “piratería” recuerdan demasiado a los antiguos mercaderes de témpanos, pues partiendo de una concepción decimonónica del hecho cultural tratan de seguir vendiendo sus canciones, sus discos, sus libros y sus películas en el siglo XXI como si nada hubiera ocurrido desde la aparición del gramófono. De hecho, el lema reivindicativo de estos músicos, escritores y artistas parte de un presupuesto verdadero que, más o menos sutilmente, deja entrever un mensaje que no es tan cierto como podría parecer en una primera lectura. Aseguran que su trabajo es cultura, lo que, en general, puede entenderse como una premisa correcta, pero tratan de hacer creer a la opinión pública que, como consecuencia de lo anterior, sus realizaciones deben tener siempre un importe de venta, lo que es una conclusión mucho más discutible.
En la actualidad, y en la mayor parte de los casos, la equivalencia producto cultural-precio, apenas es efectiva. El valor económico de las construcciones intelectuales nace con la Ilustración y está asociado a un tiempo en el que la exclusividad, la originalidad, la unicidad y la escasez de las composiciones filosóficas y artísticas envolvía a éstas con un velo casi sagrado de elitismo y distinción que automáticamente se traducía en un determinado, y generalmente elevado, importe dinerario. Pero hoy, las cosas han cambiado radicalmente: artistas e intelectuales han perdido, probablemente para siempre, su carácter modélico e inusual; sus realizaciones ya no se definen por su ejemplaridad, su excepcionalidad o su valor referencial, sino por la intensidad del reflejo mediático que reciben; y, sobre todo, y frente a lo que venía siendo habitual hasta hace solamente unos años, su tarea es, a pesar de lo que ellos opinan, “irrelevante” para la continuidad futura del arte y la cultura con mayúsculas. Si mañana todos los artistas que demandan poner puertas al mar para garantizar sus derechos abandonaran su labor y se dedicaran a otros menesteres, las bellas canciones, las novelas excelentes y las películas maravillosas seguirían surgiendo de un modo incesante… aunque firmadas por otros creadores con ideas radicalmente diferentes sobre el concepto de “autoría”.
Las nuevas tecnologías de la comunicación están dando forma a una realidad diferente en la que muchas cosas jamás volverán a ser como antes. En los ámbitos culturales y artísticos, creadores e intelectuales deben abandonar una concepción patrimonialista y exclusivista de lo que, en ocasiones demasiado pomposamente, definen cómo “su obra”, y han de comprender su labor como algo que solamente alcanzará un sentido pleno cuando sea compartida, integrada, discutida, participada, contribuida y recibida por los receptores a través de Internet, mediante procesos 2.0, manejando las redes P2P (persona a persona), empleando tecnologías móviles o, simplemente, utilizando portales de vídeo online que tienen ya más audiencia que algunos canales televisivos tradicionales.
En la “infoesfera”, en este planeta Tierra cubierto de redes informacionales, interconectado hasta en sus aspectos más ínfimos y constantemente vigilado por satélites de comunicación, la obra artística tradicional, especialmente cuando se trata de una construcción musical o audiovisual, está perdiendo su valor distintivo para convertirse en un servicio universal, tal y como se desprende de un concepto como el del “cloud computing” (“computación en el cielo”), que la revista “The Economist” ya ha identificado como uno de los campos de batalla empresarial clave para los próximos años.
Este planteamiento, en el que el que las nubes actúan como un sinónimo de Internet, hace referencia al hecho de que, actualmente, ciudadanos, usuarios y consumidores acceden a la gran malla universal para conseguir y utilizar todo tipo de servicios, desde sofisticados programas de software a complejas bases de datos, pasando por una enorme variedad de comunicaciones (email, telefonía, sms, redes sociales, etc.), saberes enciclopédicos, elementos de geoposicionamiento, publicaciones electrónicas y una miríada de múltiples productos que, cada día más, todos utilizamos. Y siempre gratuitamente. La música, las noticias, las producciones audiovisuales e incluso gran parte de nuestra propia intimidad han sido devoradas ya por los nimbos virtuales del ciberespacio y pronto ocurrirá lo mismo con el sacrosanto mundo del libro, donde la generalización del libre servicio no tardará en imponerse al ritmo vertiginoso de los nuevos desarrollos tecnológicos.
Creadores, artistas, intelectuales, pensadores, productores, músicos y escritores han de poder vivir de su trabajo, pero nos guste o no, esto no quiere decir que, indefectiblemente, deban cobrar por sus realizaciones. En este sentido, el cantante, el novelista, el poeta o el filósofo del futuro inmediato no deberá ser, solamente, alguien más o menos dotado para su tarea. También habrá de ser alguien que, partiendo de nuevos modelos de negocio, sepa cómo otorgar valor de cambio y perdurabilidad a su obra que, en la invisible y poderosa geografía universal de la comunicación online, tiende a diluirse, a licuarse y a perderse como las lágrimas de los replicantes bajo la lluvia.
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