viernes, 30 de marzo de 2012

La izquierda española, contra la pared


Si algo ha demostrado la huelga general de ayer es que una parte importante de la sociedad española se encuentra ideológicamente secuestrada por un movimiento totalitario pretendidamente de izquierdas que alienta espiritualmente comportamientos aberrantes como los que hemos padecido, con vergüenza, a lo largo de los últimos días.
Parlamentarios piqueteros, piquetes que cierran bares después de trasegarse unas cervezas, sindicalistas violentos que golpean a personas inocentes que solamente desan trabajar, portavoces obreros que se quejan de vivir en un “estado policial” y, en fin, actores de pacotilla que acaban denunciados por destrozar comercios. Esta izquierda sectaria y excluyente, barriobajera y populista hasta límites difícilmente tolerables, padece, además, una pasión desbordante por abrazar al filoterrorismo, por jugar a la pose radical, por hacer manitas con los antisistema y por seducir a todo tipo de talibanes doctrinales. Casi una década de “zapaterismo” ignorante, pretencioso y económicamente bien engrasado, ha dado luz a un paisaje ético tan desértico como inmenso y tan desolador como desesperante, en el que el término diálogo se santifica como una panacea casi mística, en el que se identifica como “fascista” a todo aquel que se atreve a disentir del pensamiento único presuntamente progresista y en el que las más inmensas necedades morales e intelectuales, a fuerza de repetirse incesantemente en los medios de comunicación tan áfonos como afines, acaban convirtiéndose en pretendidas verdades colectivas.
El movimiento político-sociológico-sindical de corte "izquierdista" que atenaza el progreso de este país es insustancial, violento y reaccionario, y lejos de adaptarse a las necesidades y esperanzas de los nuevos tiempos, sigue empeñado en amoldar su agenda a los extremistas más necios, a los antiglobalizadores más zánganos, a los ecotalibanes más irracionales y a los independentistas más ariscos. Y con estos mimbres, y frente a la ceguera de algunos, la impasividad de bastantes y la impotencia de muchos, está arrastrando a la sociedad española a padecer una realidad purulenta en la que los peores de cada casa son propuestos como líderes del futuro, en la que los ciudadanos simplemente demócratas son expulsados al rincón de los apestados y en la que, en el colmo de las vilezas, las personas siemplemente decentes son consideradas como peligrosos apologetas de la extrema derecha, del capital y de los poderes del Estado.

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