miércoles, 11 de julio de 2012

Oporto no gusta; a Oporto se la quiere


Hay ciudades que siempre son las segundas. Son urbes importantes de un territorio que, por diferentes razones, por presentarse menos bellas, por resultar más ariscas, por encerrar menos fuerza turística o, simplemente, por ser más pequeñas o por no contar en sus calles con una importante representación institucional, siempre aparecen como sepultadas por el peso y la fuerza de la capital cercana o de la metrópolis vecina, que es la que de verdad acapara el poder y consigue extender su influencia a lo largo y ancho del país. Así ocurre en Francia, con Burdeos; en Inglaterra, con Liverpool; en Bélgica, con Amberes; en Italia, con Nápoles; y, en Portugal, con Oporto.
Oporto. Recientemente he estado de visita en esta ciudad deslumbrante y he vuelto a encontrarme con la villa magnífica y entrañable que recordaba de otros viajes realizados años atrás. Bañada y dividida por el Duero, Oporto es una urbe dura, desvencijada, de fuerte carácter, intensamente melancólica y extrañamente magnética. Probablemente, Oporto es la ciudad más portuguesa de Portugal porque en ella es fácilmente rastreable ese carácter indómito, intimista, emprendedor, recluido y tranquilo que caracteriza a este país que, no hay que olvidarlo, es uno de los más antiguos y dinámicos de Europa.
Frente a la gran Lisboa, que mezcla el carácter portugués con una enriquecedora influencia africana y con unas no menos menos gratificantes atribuciones sudamericanas, Oporto, localizada mucho más al norte, muestra a los todavía no demasiados turistas que tienen el buen sentido de visitarla los rasgos más profundos, más hondos y más intensos de la tradición portuguesa. Y es que esta ciudad, al igual que la no lejana Coimbra, aún teniendo numerosos y espectaculares munumentos, quedará en el recuerdo del visitante por lo entrable de algunas de las tiendas de comestibles más hermosas del mundo, por el encanto estropeado de muchas de sus calles, por las callejuelas que bordean el Duero en las que el tiempo parece haberse estancado para siempre, por sus cafés bellísimos, por su misteriosa luz dorada, por sus seductoras y famosas bodegas, por sus acogedoras casas de comer, por sus pensiones impolutas en las que aún parece conservarse el aire de los años cincuenta y, sobre todo, por la extraña paz que se respira al deambular sin prisa por una localidad fascinante que, sin ser excesivamente bella y siendo compleja, no demasiado cómoda y muy humilde en sus atributos, es capaz de cautivar y subyugar como pocas. Oporto no es un destino turístico, es un destino vital; no es una ciudad para la vista, sino que es un lugar para sentir; y tampoco es una urbe fácil, sino que hay que trabajarse su amistad. Oporto no gusta. A Oporto se la quiere.





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