jueves, 19 de julio de 2012

Siria triste en la memoria


Siria, un país que se encuentra ahora en el centro de la actualidad mundial, refleja perfectamente mis sentimientos hacia el mundo árabe. Por un lado, me fascina el Islam por la capacidad para el refinamiento que un día lejano demostró, por lo acogedor de sus gentes, por la belleza de sus arquitecturas, por el magnetismo de su idioma, por el sosiego con el que contempla el paso del tiempo y por la sencillez de sus costumbres. Por otra parte, me indigna que la mayor parte de los países árabes, por no decir la totalidad de los mismos, se haya revelado totalmente incapaz de emprender procesos democráticos y modernizadores; me encoleriza que en gran parte de estas sociedades se hayan abierto todas las puertas y se haya jaleado a los movimientos islamistas más reaccionarios, integristas y fanáticos; me encrespa comprobar cómo los ciudadanos de estos países solamente pueden elegir entre ser representados por un puñado de dictadorzuelos megalómanos o un rebaño de imanes sectarios, extremistas y delirantes. Y, por supuesto, me resulta absolutamente demoledor y vejatorio el trato que en el mundo árabe se da a la población femenina, a los cristianos, a los homosexuales o a tantas otras minorías que no comulgan con el islamismo más militante, fanático e irracional.

Decía que Siria es un país que, para mí, resulta ser un compendio perfecto de todas estas contradicciones. Recuerdo con especial añoranza el sosiego extraño y el olor a tabaco aromatizado de los pequeños cafés del barrio antiguo de Damasco, añoro los zocos bulliciosos y elegantes de Aleppo y nunca podré olvidar los paseos al atardecer, en compañía de mi mujer, por las fascinantes ruinas de la magnífica y desértica Palmira. Las humildes norias de Hamma, la irreal Malula en la que todavía se habla el idioma arameo en el que pudo predicar Jesucristo o la impresionante iglesia de San Simeón en Qalaat Seman son otros espacios tan fascinantes como poco comunes.
Pero también recuerdo, desgraciadamente, la opresión política a la que el presidente sirio Bachar al Asad somete a sus ciudadanos y la fuerza maléfica que los integristas islámicos, agazapados en las entrañas del tejido social del país, ejercen sobre los hombres, y especialmente sobre las mujeres de Siria. Tampoco olvido la carencia de libertades, la miseria, el abandono, la falta de higiene y la escasez en la que viven muchos ciudadanos de un país magnífico que, entre el despotismo hereditario y el integrismo religioso, lucha por salir de una Edad Media paralizante, triste y desesperanzadora. ¿Qué futuro espera a quienes solamente pueden elegir entre la barbarie presente de un sátrapa indigno y el futuro probable de una dictadura islamista?

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