miércoles, 11 de septiembre de 2013

20 años de "Expediente X". La verdad sigue estando ahí fuera

Este mes se cumplen 20 años desde que la Cadena Fox comenzara la emisión de "Expediente X", una de las series de ciencia-ficción y misterio más importante de las últimas décadas.
Este gran clásico, dirigido y producido por Chris Carter y protagonizado por David Duchovny y Gillian Anderson como los agentes del FBI Fox Malder y Dana Scully, se mantuvo en televisión a lo largo de nueve temporadas en las que abordó, de una forma siempre lúcida y adictiva, los más variados argumentos fantásticos y paranormales.
Los expedientes X fueron los padres de muchas cosas, y todas ellas buenas: de lo que más tarde se conocería como "series de calidad"; de las tensiones sexuales entre los protagonistas como motores de la trama; de nuevos argumentos que luego abrirían las puertas a producciones como "Perdidos" o "Fringe"; de la televisión convertida en género literario; de un nuevo resurgimiento de la ciencia ficción, y de los primeros pasos de dos intérpretes gigantes como David Duchovny y Gillian Anderson.
Con motivo de este aniversario tan especial y tan emotivo para muchos de nosotros, adjunto el ensayo "Mulder y Scully en la Infosfera", un trabajo que escribí a finales de 1999 y que, desde entonces, ha tenido un largo, extraño y en ocasiones sorpresivo recorrido editorial.

MULDER Y SCULLY EN LA INFOSFERA

(Un gran clásico de la cultura pop y la mitología contemporánea)

Todos somos más hijos de nuestra época que de nuestros padres. Las series de televisión también y, en este sentido, cada década del siglo XX ha dado luz a un conjunto de producciones audiovisuales que de forma estrecha representan a la perfección a la sociedad que las produce y al público que las recibe con la mirada profunda de quienes han nacido a la vida acompañados del resplandor plomizo de las pantallas electrónicas.
En este sentido, un relato como Expediente X, cuyo episodio piloto se estrenó en la televisión norteamericana a finales de 1992, se nos aparece ya como la realización telefílmica más representativa de los años actuales y como uno de los fenómenos culturales más interesantes de estudiar a las puertas del próximo milenio. Al menos, desde un punto de vista integrado de la cultura que no cede ante las pretensiones elitistas, vacías y apocalípticas de quienes siguen empeñados en confundir toda la programación televisiva con la parte más deleznable y ridícula de ésta.
Por encima del innegable interés argumental de los sucesos paranormales que todas las semanas investigan los agentes Fox Mulder y Dana Scully, y más allá de la excelente composición técnica de la serie, los X Files ocultan una serie de claves que, en el fondo, son las que más adecuadamente pueden explicar el extraño éxito que esta narración ha cosechado en todos los países donde se ha emitido.
Fundamentalmente, el gran acierto del invento de Chris Carter ha sido conectar con las esperanzas, las obsesiones y los lados oscuros más evidentes de las sociedades postindustriales que se encaminan hacia el último tramo del siglo militando en las filas abarrotadas de la desideologización, el desengaño y el desencanto. En esencia, Expediente X ha cogido esta "triple d" posmoderna, la ha aderezado con mucho tecnomito, con unas gotas de conspiración y con las dosis suficientes de esquizofrenia, y ha elaborado un plato listo para degustar en el momento exacto en el que millones de europeos y norteamericanos se van a la cama sin saber a qué atenerse en lo que se refiere a su posición exacta en el mapa de los asuntos políticos, sociales y culturales que cotidianamente mueven el mundo a la velocidad de la luz.

FÁBULAS POSMODERNAS

El capítulo de los tecnomitos en los X Files no es una cuestión baladí. Aunque su existencia puede resultar discutible, al igual que sus causas, lo cierto es que la sociedad contemporánea, la que oscila entre el crepitar del ruido blanco comunicacional y la luz difusa de la nieve de las pantallas televisivas, ha ido creando, principalmente a partir de la Segunda Guerra Mundial, una amplia serie de relatos fantásticos que, a fuerza de ser múltiples veces repetidos, han acabado calando con profundidad en el inconsciente colectivo de los ciudadanos occidentales. La necesidad de magia y de misterio, la urgencia de lo sobrenatural que el ser humano siempre ha tenido desde sus orígenes más remotos, se disfraza hoy en día con los ropajes de estas nuevas alegorías de la cultura tecnológica. Michael Crichton, un escritor que comenzó su carrera escribiendo brillantes obras de ciencia-ficción como "La amenaza de Andrómeda" y que hace algunos años alcanzó el éxito internacional con "Parque Jurásico", ha definido bien en qué consiste la esencia del tecnomito. En su novela "El mundo perdido", el también autor de "Los devoradores de cadáveres", pone en boca de uno de sus personajes, Ian Malcom (Jeff Goldblum en la versión cinematográfica de la novela), el siguiente discurso: "Básicamente, la tesis sostiene que hemos perdido los mitos antiguos: Orfeo y Eurídice, Perseo y Medusa. De modo que los hemos sustituido por tecnomitos modernos. (...) Uno es que hay un alienígena vivo en un hangar de la base aérea de Wright-Patterson. Otro es que alguien inventó un carburador con un consumo de un litro por cada sesenta kilómetros, pero los fabricantes de automóviles compraron la patente y la mantienen archivada. También está el cuento de que unos niños adiestrados por los rusos en técnicas de percepción extrasensorial en una base secreta de Siberia son capaces de matar con la mente a personas en cualquier lugar del mundo. O la fantasía de que las líneas de Nazca, en Perú, son un aeropuerto para naves espaciales. Que la CIA propagó el virus del sida para acabar con los homosexuales. Que Nikola Tesla descubrió una increíble fuente de energía pero sus notas han desaparecido. Que en Estambul existe un dibujo del siglo X que representa la Tierra vista desde el espacio. Que el Instituto de Investigación de Stanford encontró a un individuo que resplandece en la oscuridad".
Este tipo de tecnomitos, con otros que podríamos añadir como las esferas de Costa Rica, los misterios de la Isla de Pascua, los cráneos de cristal, los muchos monstruos lacustres que se esconden en el mundo, los monumentos de Stonehenge o las huellas de ovnis en diferentes obras de arte, configuran el alimento espiritual de Expediente X y, de hecho, muchas de las posibles fábulas señaladas hasta aquí han sido tratadas con profusión en distintos capítulos de la serie. Toda tecnología exige su mitología y, siguiendo este principio al pie de la letra, los diferentes guionistas que la Fox ha puesto al servicio de su obra estrella han ido creando un mundo cotidianamente fantástico, tenuemente sobrenatural y a caballo entre el cielo y la tierra, que ha alimentado con intensidad muchas urgencias del más allá y que trata de parchear, con bastante éxito como se puede comprobar gracias a los índices de audiencia, el enorme agujero dejado por el estrepitoso derrumbamiento de las grandes doctrinas religiosas. En este punto, además, los X-Files engarzan con lo que un escritor como Stephen Baxter, autor de "Antihielo", señala como la esencia de la ciencia-ficción: "Este es un género básicamente lúdico, un entretenimiento, pero tiene un papel: ayudarnos a saber cuál es nuestro lugar en el universo. Vivimos en una sociedad sin religión y, sin duda, la ciencia-ficción, la buena, contribuye a reemplazar el sentido de maravilla que ha perdido el hombre".

EN LOS LÍMITES DE LA RELIGIÓN

Incidiendo en este elemento cuasimístico, resulta curioso constatar cómo son numerosas las referencias religiosas que pueden hallarse dentro del abanico temático de Expediente X. La pequeña cruz de oro que Gilliam Anderson luce en todos y cada uno de los capítulos de la serie, se convierte, incluso, en un símbolo fundamental en algunos momentos de la historia. En instantes cumbres del relato (la presunta abducción de Dana Scully, la aparición de un posible hijo de ésta o el cáncer terminal por el que atraviesa la protagonista), esa pequeña referencia tan común pasa a un primer plano de importancia para significar la fe cuestionada, la esperanza nunca perdida, la fidelidad a unos valores permanentemente situados en el filo de la realidad o la incuestionable existencia de algo que va más allá de los fuegos artificiales de lo paranormal, lo esotérico y lo fantasmal.
En su intento de bucear y de indagar en las referencias mágicas del ser humano contemporáneo, resulta comprensible que Chris Carter se introduzca de lleno en el terreno excelsamente abonado de las grandes corrientes religiosas occidentales y en el campo menos conocido, pero no menos interesante, de las costumbres espirituales de distintos pueblos minoritarios de América, Asia o Africa. Así, sacerdotes católicos, popes ortodoxos rusos, modernos hechiceros, maestros del vudú, chamanes navajos, profetas mexicanos, magos chinos y líderes de las más variadas sectas, son profusamente utilizados en numerosos capítulos de la serie como, entre otros, los titulados "Anasazi", "Miracle man", "Die hand die verletz", "Fresh bones", "The Calusari", "Teso dos bichos" o "Hell money". A esta abundancia de referencias religiosas, pseudomísticas o directamente relacionadas con el mundo de las sectas, hay que añadir la abundancia con que Expediente X utiliza como eje central de sus argumentos, asuntos directamente extraídos de los pozos siempre repletos de las más diferentes dramaturgias teológicas. Así, podemos encontrarnos con capítulos dedicados a la reencarnación ("Born again"), a las posesiones del maligno ("Lazarus"), a los estigmas ("Revelations"), a las curaciones milagrosas ("Miracle man") o a la resurrección propiamente dicha ("The list"). Además, en los capítulos más recientes de la serie, el núcleo principal de guionistas de los X- Files lleva esta obsesión religiosa al extremo con un conjunto de historias en las que se proporciona un giro inesperado al relato provocando que Dana Scully sufra fuertes arrebatos de carácter... místico.
Como curiosidad, diremos que la encarnación más sublime del lado oscuro, el diablo, posee escasas apariciones en Expediente X. Chris Carter dejaría esta cuestión para su siguiente serie, "Millennium", en la que las dos temporadas de la misma acabarían convirtiéndose en una lucha sin cuartel entre el Bien y el Mal. En esta obra, el Bien, por cierto, surge de la mano de un santo, san Sebastián, quien funda el grupo que otorga nombre a la serie para luchar a lo largo de la Historia contra todas y cada una de las posibles encarnaciones de la perversión demoniaca.

MITOLOGÍAS CONTEMPORÁNEAS

De cualquier forma, si Expediente X se mueve en esa frontera difusa entre el tecnomito más común y las creencias religiosas oficiales, el mayor peso de importancia en la serie, como no podía ser de otra manera, se vuelca en torno al primer eslabón de esta ecuación, alrededor de la mitología de la sociedad contemporánea. Como hemos señalado antes, es aquí donde este producto encuentra su mayor fuente de inspiración y donde conecta directamente con todos los miedos y temores que supuran las actuales colectividades postindustriales. El mismo Fox Mulder lo expresa perfectamente en el documental "Introducción a Expediente X": "Todas las verdades comienzan como herejía y acaban como superstición. Tememos a lo desconocido, así que lo reducimos a términos familiares, ya sea una leyenda, una enfermedad o una conspiración".
En este sentido, puede decirse que, apoyándose en la fuerza de los modernos tecnomitos, asentándose en el hambre de trascendencia de los humanos del nuevo siglo y desarrollándose en la sospecha permanente de que nuestra sociedad de la información siempre calla más de lo que dice, la X de los archivos más secretos del planeta guarda algo más que un puñado de misterios cuyo intento de discernimiento ha sido una constante en la historia de la humanidad. La X de estos documentos representa la incógnita de una sociedad posmoderna carente de referentes ideológicos, profundamente dubitativa en su sobreinformación, desencantada de sus construcciones políticas, éticamente frágil e intelectualmente desconcertada ante un futuro en el que las doctrinas filosóficas predominantes desde la Ilustración, los paraguas religiosos más clásicos y las grandes balizas teóricas, han perdido toda su capacidad de guía y de orientación.
Expediente X es un desierto en el que no hay esperanza, en el que ningún personaje sabe muy bien si pertenece a los suyos, en el que cada revelación oculta un poco más la verdad y en el que lo único que parece funcionar siempre correctamente es la tecnología permanentemente asociada a los más sofisticados sistemas de comunicación. Tanto es esto así que la profusión de teléfonos móviles, de ordenadores portátiles, de conexiones a Internet y de documentación digitalizada de la que hace gala la serie, solamente sirve para complicar más la historia, para convertir en algo más difícil la existencia de los investigadores del FBI y para hacer más vertiginosa la transmisión de presuntas verdades que luego siempre resultan ser espejismos que se deshacen entre las manos de los protagonistas. En esencia, el mundo que nos presenta la Fox es una muy correcta metáfora del nuestro y, quizás por ello, son tan pocos los análisis, críticos, semióticos o simplemente narrativos, que reconocen en la serie todo lo que de ciencia-ficción tiene.
La sociedad de la información, esta geografía ferozmente interconectada que por suerte o por desgracia nos ha tocado vivir, es como un cubo de Rubik en el que múltiples certezas crean un sinfín de combinaciones que dan como resultado una verdad poliédrica, una miscelánea casi infinita de trozos de realidad y una existencia hipercompleja. Sabemos mucho más de todo y, al mismo tiempo, como si fuésemos Fénix incansables, todos los días hemos de renacer nuevamente para reconstruir nuestros criterios ideológicos, nuestros posicionamientos morales, nuestra percepción de los acontecimientos y nuestra posición en un mundo que cada vez deja menos espacio y menos tiempo para fijar nuestra agenda de prioridades públicas y privadas. Como Mulder y Scully se sienten incapacitados y frenados para descubrir lo improbable que constantemente se les oculta, los ciudadanos de a pie que habitamos en las puertas del tercer milenio nos sentimos impotentes ante la presencia sobrecogedora de la Gran Trama comunicacional, económica y cultural en la que se ha convertido el planeta. Teniendo esto en cuenta, no es de extrañar que en la serie de referencia, la ayuda oportuna, el gesto salvador y el abrazo solidario, vengan siempre de la mano de un grupo entrañable de "hackers" ("Los pistoleros solitarios") cuya principal virtud consiste en desenmarañar la confusión que viaja a través de las redes informáticas y en rastrear información, y cuya destreza básica es la de poseer una potente lógica difusa con la que extraer conclusiones fiables de cientos de estímulos simultáneos. Y tampoco es extraño que sea el propio Chris Carter el que defina de esta manera al receptor al que van dirigidos sus mensajes: "Es un público inteligente, que no quiere ver cosas obvias, un público que lee los periódicos y que necesita estar enterado de lo que pasa a su alrededor".

LA INFOSFERA

La vida en la Infosfera (ese espacio virtualmente difuso en el que la realidad existe sobre la base de la construcción que de ella hacen los medios de comunicación) produce series como Expediente X. Son elaboraciones audiovisuales que reflejan claramente la desconfianza extrema - casi cínica - que la sociedad actual tiene en cuanto a sus métodos de participación pública (¿dónde queda la legalidad institucional y democrática en la serie?), que como hemos visto destilan un tecnomisticismo muy brillante para paliar la nada espiritual de los tiempos que corren y que, en definitiva, venden eslóganes intelectuales muy acordes con el pensamiento débil de la época que habitamos. Cójase un mundo construido sobre bites y baudios que cuantifican incesantemente la cantidad, la calidad y la rapidez de la información; añádase una comunidad permanentemente hipnotizada por los avances tecnológicos; viértase un buen porcentaje de crisis de valores referenciales; échese unas gotas de tecnoleyendas, de milenarismo, de sospechas permanentes, de complejidad existencial y de desconcierto ético; revuélvase todo ello, y se obtendrá, en forma de bella literatura audiovisual, un cóctel universalmente apreciado que se vende a las televisiones de todo el mundo bajo el eslogan certero de "La verdad está ahí fuera". De hecho, resulta evidente que cuando todos estos elementos se combinan en su justa medida se producen resultados espectaculares como Expediente X. Cuando Chris Carter pierde el equilibrio y se encamina por rutas más ariscas y menos "actuales", como ha ocurrido con su siguiente serie antes mencionada, "Millennium", los índices de audiencia y el efecto público no son, ni de lejos, los mismos.

LA TELEVISIÓN LÍQUIDA

La sociedad de la información, fruto prototípico de la era posmoderna tal y como la dibujaron en su día filósofos y sociólogos principalmente franceses como François Lyotard o Jean Baudrillard, ha creado productos audiovisuales eclécticos, difusos e intangibles que poco o nada tienen que ver con los tiempos duros del "Quiz Show" de Robert Redford. Estos relatos fluidos, vaporosos, profundamente asépticos y bañados con el tamiz de la estética publicitaria, se alejan de los paradigmas narrativos clásicos que se agrupaban alrededor de las dicotomías bien-mal, amor-odio, legalidad-injusticia o héroes-villanos, para adentrarse en una geografía convulsa en la que nada es lo que parece y en la que cualquier evento puede suceder porque todo es válido o, al menos, todo es aceptable, entendible, posible y plausible. Entre otras, películas extremadamente plásticas como "Terciopelo Azul" (David Lynch), "Blade Runner" (Ridley Scott), "El Silencio de los Corderos" (Jonathan Demme), "Días Extraños" (Kathryn Bigelow), "Seven" (David Fincher) o "Asesinos Natos" (Oliver Stone), han ido abriendo un pequeño agujero de laxitud ética, de debilidad ideológica, de crudeza emocional y de ruptura en los contenidos, que se ha trasladado a la pequeña pantalla a través de producciones como "Twin Peacks", "Murder One", "Millennium" o "Expediente X". De estas ficciones expuestas como realidades aterradoras, y de las realidades terroríficas que se presentan como ficción a través de las pantallas de la CNN, ha surgido una nueva forma de televisión líquida, bellamente vacía, reacia a constituirse en referente de ningún valor, inasible, etérea, profundamente seria en su frivolidad y, sobre todo, volcada hacia la construcción de un relato, de una historia, de una estructura, que atrape al espectador en un nuevo orden en el que no importa si lo que se cuenta es cierto o falso, posible o imposible, evidente o imaginario. Lo auténticamente importante es conseguir generar una poderosa capacidad hipnótica que seduzca al público, que le someta ante la luz de lo virtual y que le mantenga firme ante el crepitar intenso de las imágenes analógicas o digitales. Así, la televisión líquida es algo que subyuga a los hombres y mujeres de estas postrimerías del siglo como el agua que fluye intensamente, como el mar siempre cambiante y siempre equívoco o como un torrente líquido que jamás puede aprehenderse en su totalidad.
La claridad, la rotundidad y la intransigencia argumental de las series de los años sesenta, setenta u ochenta, conformaban una televisión sólida, lógica y homogénea en la que el espectador sabía en todo momento a qué atenerse. Este tipo de productos audiovisuales transmitían una serie de valores inalterables que, aunque siempre discutibles según el prisma ideológico con el que se observaran, no dejaban ningún lugar para la duda. Todos ellos respondían al convencimiento general establecido de que había hechos que estaban "bien" y actuaciones que estaban "mal", que existían instituciones que nunca debían cuestionarse salvo para ser moralmente reforzadas o que asuntos éticamente serios como la verdad, la justicia o la honradez, siempre debían terminar por salir victoriosos en cualquiera de sus muchos combates telefílmicos. Ni los creadores de las diferentes historias televisivas, ni los productores de las mismas, ni tampoco el público, hubieran tolerado otra forma de ver las cosas. El mundo interiorizaba así la esencia de las sociedades desarrolladas y, por lo tanto, no había contraposición entre lo que la televisión mostraba y lo que los espectadores recibían en sus sillones todas las noches. Todo estaba en orden. Sólidamente en orden.
El ideario posmoderno, fruto de la relatividad ética instaurada por la supremacía de los medios de comunicación, hijo del pensamiento único surgido tras la caída del bloque soviético y producto ejemplar de un tiempo sin modelos globales, sin referentes incuestionables e, incluso, carente de una moral indiscutiblemente universal, está haciendo aparecer hoy en día una forma de hacer televisión, tanto de ficción como de no-ficción, acorde con esta nueva forma de contemplar la realidad que nos rodea. La preponderancia absoluta del "todo vale" ha creado una visión movediza, flexible, fluida e intangible de la realidad que se ha transmitido a la televisión, y a los telefilmes que son los productos estrella de ésta, a través de modelos clave como Expediente X. Si el caos es una concepción que define bien a nuestro mundo y si la teoría de las catástrofes de Réne Thom es un intento de poner coto a este desorden, los X Files son la representación visual, televisiva y mediática de todo este pandemónium universal.

EL ESPÍRITU DE LA ÉPOCA

La perspectiva que los hombres y mujeres de este final siglo tenemos del mundo que nos rodea, ha dejado su impronta en la televisión dando luz a un conjunto de geografías audiovisuales en las que podemos reconocer nuestras preocupaciones y nuestras ansiedades, nuestras dubitativas perspectivas de futuro y nuestras mejores esperanzas. Es por ello que Expediente X es un extenso e intenso erial, un laberinto confuso y un espacio repleto de ruinas políticas, sociales y culturales que muy lúcidamente alguien ha poblado con los fantasmas que nuestra imaginación colectiva ha ido creando a lo largo de este siglo. Todos las sombras y los lemures a los que los X Files han dando vida durante más de un centenar de capítulos, han tenido su oportunidad estelar de existir gracias a que han saltado a la luz pública en un transcurrir histórico especialmente receptivo para sus andanzas oscuras, seductoras y borrosas.
En una época impertinente en la que la razón implosiona como guía del comportamiento humano, en un tiempo en el que las necesidades espirituales inherentes a los seres humanos se sacian alrededor de predicadores patéticamente ultraconservadores y en un momento extraño en el que el "todo vale" ideológico-cultural reinante ha convertido los comportamientos públicos en un espectáculo obsceno, Mulder y Scully se han convertido en un símbolo crucial por su habilidad para desenvolverse allí donde todo es posible y por su empeño feroz en llenar de sentido lo que solamente tiene significado en esa frontera difusa en la que se diluyen lo real y lo imaginario, lo evidente y lo oculto.
Expediente X es una inmensa metáfora de nuestra existencia. La desorientación de sus protagonistas es un digno retrato de la confusión globalizada que nos atenaza en este convulso final de milenio; su imposibilidad para entender casi todo lo que les rodea es un reflejo de nuestra incapacidad para comprender nada más allá de los fugaces destellos informativos con los que saciamos nuestra necesidad de conocimientos; sus miedos a las conspiraciones ocultas son un espejo de nuestro terror a desconocer los resortes secretos que impulsan el mundo a una velocidad de vértigo; y, en fin, su impotencia para desentrañar el origen final de sus desvelos es la misma invalidez que mostramos nosotros para hallar nuestro lugar en un tiempo y en un lugar que, súbitamente, ya no reconocemos como el refugio cálido y seguro que siempre fue.
Mucho antes de que llegue su capítulo final, sabemos ya que Expediente X terminará sin desvelar, definitivamente, ninguna evidencia. Se descubrirán misterios parciales, pero la verdad seguirá estando ahí fuera porque su hallazgo está lejos de las posibilidades telefílmicas de Fox Mulder y Dana Scully. Las certezas que esconden estos documentos son las que todos nosotros debemos descubrir en medio del maremágnum global, polimediático y multimodal que nos rodea. Más allá de los espíritus traviesos, por encima de los extraterrestres más ladinos que hemos conocido jamás y muy lejos de todas las criaturas, las confidencias y las revelaciones que las imágenes de los X Files nos han descubierto, se encuentra la gran incógnita que mueve a la humanidad en las postrimerías de esta centuria convulsa, intensa y fascinante: ¿cómo será el futuro tras el caos presente?

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