lunes, 1 de septiembre de 2014

Breve defensa de Occidente

No estamos en una guerra de civilizaciones, pero la fortaleza con la que diferentes organizaciones islamistas, la mayor parte de ellas terroristas, se están extendiendo por Oriente Próximo, África y Asia, debe hacer entender a Occidente que es necesario prepararse, que debemos entrenarnos con firmeza para defender todo lo que nos hace ser mejores y que ha convertido a nuestros países en los más prósperos, en los más libres, en los más equitativos y en los más desarrollados del planeta.
Occidente, y los valores que este concepto representa, son algo que va mucho más allá de una simple descripción geográfica. Occidente es una noción que agrupa a todos aquellas personas y países que comparten una misma creencia en el valor de la integración, la coexistencia en la diversidad, en el respeto y la defensa de los derechos humanos, en la exaltación del individualismo, de la libertad personal como algo indivisible, y con la idea de que libertades políticas, económicas, culturales e individuales no son elementos distintas y estancos, sino expresiones de una misma premisa, generosa, abierta y civilizada de lo que son los seres humanos y las sociedades que éstos conforman.

Fruto de esta idea de Occidente, frontalmente atacada por todo tipo de totalitarismos, y en la actualidad de un modo muy especial por los totalitarismos islámicos y por los totalitarismos populistas de izquierda, ha surgido una amplia serie de instituciones que no son, ni mucho menos, perfectas, pero que son, desde cualquier punto de vista social, cultural o económico, las responsables de que nuestras sociedades, a pesar de sus muchas carencias, presenten las más elevadas cotas de bienestar y de progreso del mundo.
Occidente no está en guerra con el Islam, pero todos tenemos que ser conscientes de que debemos estar listos para defender nuestra forma de vida -la misma por la que tantos hombres y mujeres han dado su existencia a lo largo de la historia-, de una chusma bárbara que ha llegado con el advenimiento del siglo XXI y que, aunque está encabezada por el islamismo fundamentalista, también está formada por un numeroso elenco de naciones, religiones, organizaciones y fuerzas fanáticas, integristas, terroristas y marcadamente totalitarias que, cabalgando sobre la ola globalizadora y aprovechándose de las nuevas tecnologías que tanto desprecian, amenazan con expandirse a lo largo y ancho del mundo.
Hoy sabemos, y somos especialmente consciente de ello desde el 11 de septiembre de 2001, que nuestra lucha por la libertad habrá de ser para siempre. Desde la caída del Muro de Berlín, la conclusión de la “guerra fría” y aquel presunto final de la historia que algunos quisieron narrar, los ciudadanos occidentales, y muy especialmente los europeos, hemos estado cómodamente asentados en un postcapitalismo hiperconformista, narcotizado e ingenuamente dócil que nos ha incapacitado colectivamente para proteger, reforzar y expandir lo mejor de nuestro mundo. Ahora, en medio de la peor crisis económica de las últimas décadas, nos topamos de bruces con una realidad que nada tiene que ver con el mundo Disney en el que la socialdemocracia vacua del viejo continente nos ha acostumbrado a vivir, y en la que nos encontramos repentina e insospechadamente ante la obligación de defender nuestras sociedades de un terrorismo global que no escatima esfuerzos para atacar a Occidente y todo lo que éste representa. Mientras los ciudadanos europeos nos hacemos “selfies” idiotas que lo banalizan absolutamente todo a nuestro alrededor, alguien, a menos de cuatro horas de vuelo desde París, se está haciendo otra fotografía con la cabeza degollada de uno de los nuestros a sus espaldas.
El crepúsculo del deber y la renuncia a perseverar en el resguardo de los mejores valores de la civilidad se han extendido preocupantemente entre los hombres y mujeres del viejo continente. El escritor italiano Pietro Citati, autor de “Luz de la Noche”, ha descrito perfectamente esta situación: “El mundo europeo del siglo XXI es irreal, teatral, fantasioso, televisivo, espectacular. Ningún occidental sabe ya usar la fuerza. Y cuando recurre a ella, la usa de forma inexperta, torpe, excesiva, o acompañada de tanta cautela, tanto miramiento, tanta excusa y tanta precaución que se vuelve totalmente ineficaz y perjudicial. (...) Para una democracia, defenderse del terrorismo elevado a sistema es muy difícil, casi imposible. (...) Tendremos que renunciar a numerosos placeres: pequeñas libertades, garantías jurídicas, riquezas, ayudas. Durante muchos años, todo estará en peligro. A veces existe la impresión de que muchos no están dispuestos a hacer esos sacrificios y que, para ello, la civilización occidental puede hundirse sin nostalgias. (...) Parece que la paciencia, el valor y la capacidad de aguante se han desvanecido. Mejor conservar la vida, al precio que sea”.
Imposible decirlo con mayor claridad y con más rotundidad. Padecemos de una absoluta falta de recursos éticos para convencer y para convencernos de que, efectivamente, nuestras sociedades democráticas son muy superiores, desde un punto de vista moral, político, social y cultural, a cualesquiera otras sociedades del planeta. Aún hoy, cuando día tras día observamos cómo la sinrazón, el odio y la barbarie son profusamente jaleados en distintas partes del mundo, y siempre contra Occidente, somos incapaces de entender que los elevados niveles de convivencia y tolerancia que hemos alcanzado están en peligro porque, amparándose en la mundialización de la economía, de la comunicación y de la cultura, todos los fanatismos, y especialmente los islamistas, están llamando, cada vez con más fuerza, a nuestras puertas.
No sabemos ni somos capaces de imaginar lo que tenemos en juego nosotros y, sobre todo, lo que tendrán en juego nuestros hijos. Esta desafección por lo mejor de nuestro acervo colectivo tiene su origen, al menos intelectual e ideológicamente, en un relativismo atroz que ha provocado una mezcolanza ideológica, un batiburrillo de instrucciones éticas y una mixtura de pensamientos políticos que, al final, se han fusionado en una de las creencias más absurdas y erróneas, pero también más repetida, del espíritu posmoderno occidental: el precepto de que “todas las ideas son igualmente válidas”.
Esta cantinela cruel y desabrida, este certificado de dogmática igualdad que el pensamiento débil otorga a la totalidad de los juicios de valor, ha abierto una puerta fatal a la infantilización intelectual de nuestras sociedades, al quebranto del proyecto ilustrado nacido con la Revolución Francesa y a un “todo vale” global que ha alcanzado límites de ruindad y demérito difícilmente superables. Pretender una paridad radical de todas las ideas y presumir la nobleza de todas las opiniones no solamente supone voltear la gradación de los valores intelectuales, espirituales, éticos y estéticos heredados de la modernidad que han construido Occidente, sino que significa también proporcionar una carta de legitimidad absoluta a quienes, como los fanáticos de cualquier signo y condición, producen, alimentan y propagan proyectos de exterminio, de eliminación, de racismo, de discriminación o de aniquilación, y, además, implica la aberración absoluta de que quienes defienden estas opiniones tienen tanto derecho a ser respetados como quienes desarrollan e impulsan criterios no atentatorios contra el resto de la humanidad.
El relativismo ideológico y cultural que ha segregado el espíritu posmoderno ha supuesto para Occidente un cáncer demoledor que permite otorgar a las voces de los bárbaros, los crueles, los fanáticos y los irracionales la misma validez ética que la llamada a la racionalidad, la concordia, la tolerancia y la libertad que hacen las personas libres y las sociedades democráticas.
Esto debe de tener un punto y final.
Debemos comenzar a ser conscientes de nuestra grandeza, de nuestra historia, de todo lo que hemos conseguido con tanta sangre derramada por tantos de los nuestros. Debemos ser conscientes de que el futuro solamente existirá si somos capaces de defender nuestro presente tal y como nosotros lo queremos, y no como nos lo quieren imponer. En palabras, nuevamente, de Pietro Citati: “La civilización occidental es culpable de muchas cosas, como cualquier civilización humana. Ha violado y destruido continentes y religiones. Pero posee un don que no conoce ninguna otra civilización: el de acoger, desde hace 2.500 años -desde que los orfebres griegos trabajaban para los escitas-, todas las tradiciones, los mitos, las religiones y a casi todos los seres humanos. Los comprende o intenta comprenderlos, aprende de ellos, les enseña, y después, con gran lentitud, modela una nueva creación que es tan occidental como oriental. ¡Cuántas palabras hemos asimilado! ¡Cuántas imágenes hemos admirado! ¡Cuántas personas han adquirido la ciudadanía ‘romana’! Éste es un don tan grande e incalculable que tal vez valga la pena sacrificarse, pro aris et focis, a cambio del derecho de pasear y ejercer la imaginación ante la catedral de Chartres, en el gran prado de la universidad de Cambridge o entre las columnas salomónicas del palacio real de Granada.”

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