lunes, 16 de febrero de 2015

Presente, pasado y futuro del periodismo

Durante los siglos XIX y XX, el periodismo tradicional, cimentado especialmente a través de los grandes diarios en papel, alcanzó su máximo apogeo constituyéndose en un pilar fundamental de los primeros sistemas parlamentarios, de las revoluciones socio-económicas ligadas a un naciente capitalismo y, al final, del surgimiento de las grandes democracias occidentales. Durante casi dos centurias, la prensa clásica, a base de sólidos y contundentes párrafos de tinta negra, acompañó, impulsó, tuteló, potenció y sirvió de estímulo a los principales movimientos ideológicos nacidos entonces y, de este modo, la expansión histórica del liberalismo, el socialismo o los más diversos totalitarismos y nacionalismos, así como de otros muchos “ismos” que formaron parte de la evolución cultural europea, especialmente alrededor del año 1900, no puede entenderse sin las páginas formato sábana de algunas de las más importantes cabeceras periodísticas de Europa y Estados Unidos.

El periodismo clásico, cuyo desarrollo tecnológico corrió parejo a los avances producidos por las dos grandes revoluciones industriales, asociadas en un primer caso a la invención e implantación de la máquina de vapor (XVIII-XIX), y, posteriormente, al desarrollo de las industrias química, eléctrica, del petróleo y del acero (1870-1920), llegó a su máximo esplendor a partir de la segunda mitad del siglo XX, cuando la aceleración exponencial de la generación de productos, bienes y servicios provocó el auge de la sociedad de consumo y posibilitó que la ciencia, la tecnología y la cultura entraran en ebullición. En ese punto, los periódicos, la radio y una cada vez más poderosa televisión se convirtieron en elementos fundamentales de transmisión de información, mientras que la cultura y el arte se abrían a creadores, públicos y mercados cada vez más amplios.
De esta forma, durante las últimas décadas, el periodismo clásico, el periodismo construido sobre cuartillas en blanco, párrafos demoledores y editoriales de peso, fue actor destacado y referencial de una época caracterizada por ideologías, herramientas, máquinas y tecnologías que, basadas en la fuerza bruta y en los esfuerzos físicos al límite, levantaron el mundo que ahora se nos está licuando en las manos, y que se regía por intangibles pesados ligados a macroinstituciones hoy más cuestionadas que nunca, a cosmovisiones monolíticas del mundo y a monólogos y discursos tan referenciales como unidireccionales.
Pero estos modelos periodísticos que se consolidaron y vivieron su edad de oro en los siglos XIX y XX, construidos sobre el valor exclusivo e intrínseco de la información, sobre la autoridad casi incuestionable del periodista, sobre un entendimiento casi idílico, y por lo tanto, irreal, de la objetividad, y sobre un marco publicitario que dirigía los mismos mensajes de seducción comercial a todos los receptores (lectores, radioyentes o telespectadores), comenzaron a quebrarse en el tramo final de la pasada centuria, cuando el rápido desarrollo de Internet y las nuevas tecnologías de la comunicación y la información (TIC’s), y la inmensa capacidad de éstas para replicar, globalizar y transmitir instantáneamente cualquier tipo de noticia, posibilitaron que cualquier persona pudiera convertirse en un momento dado en un emisor de información y, sobre todo, permitieron que la publicidad pudiera ser segmentada, medida, dirigida y categorizada hasta alcanzar los más pequeños nichos de clientes potenciales.
Internet y las TIC’s han definido de este modo un nuevo arquetipo comunicativo, que por encima de las grandes empresas periodísticas y más allá de los nombres más rimbombantes de la profesión, se asienta sobre las personas y los ciudadanos, y sobre tendencias predominantes en los seres humanos cuando éstos interactúan de individuo a individuo, como la colaboración, la creatividad, la formación, el aprendizaje permanente, la emoción inteligente, la adaptación constante a los cambios, la apuesta por el conocimiento, el diálogo, la cooperación, los intereses compartidos, el respeto y el reconocimiento de los otros.
Bajo este nuevo paradigma, y al mismo tiempo que la noticia estricta pierde valor económico y estratégico por su inmensa e instantánea capacidad de replicación en una amplia gama de dispositivos, el periodismo, a pesar de lo que digan algunas voces agoreras, se encuentra más vivo que nunca. Quizás ya no sea el periodismo de las “cinco W” (*) que predominó en el siglo XIX y XX, pero es, sin duda, un nuevo periodismo que habrá de centrarse en ofrecer todo lo que no ofrecen las TIC’s por sí solas y todo lo que no permite un tuit: información exclusiva, investigación, análisis de fuentes, interpretación intensiva de la infinidad de datos que nos rodea, intuición para reconocer los hechos relevantes y capacidad de iluminar los caminos del conocimiento en medio del colosal caos de información en que se ha convertido nuestro mundo.


(*) Who? (¿Quién?); What? (¿Qué?); Where? (¿Dónde?); When? (¿Cuándo?); Why? (¿Por qué?)

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